LA COMUNIDAD EN BOLIVIA

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OCHENTA AÑOS DE HISTORIA..
Hace más de setenta años, el Obispo de Cochabamba, Monseñor Garret, preocupado por la creciente secularización de la sociedad, sintió la viva necesidad de contar con una congregación religiosa que tome a su cargo la educación de niñas y adolescentes de familias católicas. En ese entonces, el único establecimiento para niñas, era el Colegio Santa Ana, ya insuficiente para la demanda cada vez en aumento.

Animado por tal propósito, Monseñor Garret inició gestiones para que una congregación de Irlanda (Europa) se traslade hasta nuestro país. El rumor, cada vez creciente, señalaba que unas Irlandesas” arribarían a nuestra ciudad. El entorno de la sociedad cochabambina, restringido como en toda pequeña ciudad, fue creciendo en expectativa mientras aguardaban la llegada de las religiosas europeas.

Efectivamente, el 26 de agosto de 1926, llegaron las religiosas, pero no las prometidas irlandesas, quienes habían desistido de su empeño inicial, sino españolas e inglesas, del Instituto de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. No fue una sorpresa, sin embargo, porque una vez que los primeros contactos del Obispo fracasaron, éste se contacto con el instituto fundado por Rafaela María, pero ya no fue posible aclarar en el rumor colectivo que se trataba de otra orden religiosa.

De ese modo, el error de “nombre” se prolongó hasta nuestros días. Lo que no fue un error, sin duda, fue la llegada de las religiosas, quienes fueron recibidas en medio de grandes muestras de alegría... ¡ hasta con una banda!.

Seguramente, tantas muestras de simpatía, las motivó a remangarse las mangas del hábito y ponerse a trabajar inmediatamente, primero en la búsqueda de un local y luego, de recursos económicos.

Las hermanas fueron generosamente acogidas por las religiosas de Santa Clara. Las recién llegadas, tan insistentemente invitadas por el Obispo, pensaron que la autoridad religiosa ya tenía asignado un local donde funcionaría el colegio. No obstante, no era así, de modo que la dificultad de encontrar un ambiente adecuado -sumado a dificultades económicas les hizo pensar en un primer momento, en marcharse de retorno a su país.

Las religiosas de Santa Clara, deseosas de animar la obra de las Esclavas cedieron su casa ubicada en la Avenida Heroínas, esquina 25 de Mayo (hoy ocupado por las Siervas de María), hasta “cuando fuese necesario”.

Vencida la primera dificultad, en enero de 1927 -es decir, cinco mes después de la llegada a nuestro país- fue inaugurado oficialmente el colegio que, para desvirtuar eso de “irlandés”, tomó el nombre de Colegio Católico Inglés. Fue un gran acontecimiento social, donde, junto al grupo de personas que desde el primer momento habían colaborado desinteresadamente, asistieron también principales autoridades de la ciudad. Los discursos fueron rimbombantes, como se acostumbraba en aquella época.

Ese día inaugural, se contaba con la auspiciosa cantidad de 150 niñas inscritas y con ellas dieron inicio su labor educativa las religiosas Presentación Arrola, Pilar Salgado, María Dolores de Vierna y Urquizo, Tránsito López, Pilar Calvo, María Leal, Elizabeth Moore, Pilar López y Dolores Subijana.

Periódicos de la época señalan que las mencionadas religiosas eran profesoras graduadas después de largos años de estudio profesional. Cada una de las Madres es especializada en un ramo, con los métodos modernos de pedagogía adoptados de los mejores colegios de Europa”.

Todo el plantel docente estaba, pues compuesto por las religiosas, sin excluir a la profesora de Educación Física. Una ex-alumna y hoy religiosa de las Esclavas, la Hna. Hortensia Terán, cuenta con excelente buen humor: “Como los hábitos de ese entonces, tenían las mangas anchas para que las Madres guarden las manos ahí en señal de recogimiento, nuestra profesora de Educación Física, lo único que nos podía mandar hacer era flexiones de .... ¡ brazos!, Uno, dos, extendidos al frente, arriba, extendidos al frente, arriba”.

Salvo el inconveniente de la clase de Educación Física por el atuendo de la profesora, a todas luces inadecuado para el deporte, las religiosas imprimieron un sello de alta calidad académica desde el primer momento.

No obstante, no queriendo abusar de la amplia generosidad de sus anfitrionas, las hermanas buscaron otro ambiente. Un Comité conformado por notables personas -a las que mucho debe el Instituto- consiguió que las religiosas de Santa Clara influyeran en las de Santa Teresa y les donasen una casa ubicada en la Plaza Granado.

Para la edificación del nuevo establecimiento, se contó con la desprendida colaboración del arquitecto Rigol y del siempre dinámico Comité. Como aun faltaban recursos, el Comité tuvo la idea de ofrecer un Acto Musical, para recaudar fondos con la venta de las entradas. La iniciativa fue todo un éxito, por la nutrida concurrencia que asistió al evento.

Pero, a la par que la prensa comentaba la realización del Acto Musical, no faltaban críticas de otros sectores de la sociedad. En junio de ese mismo año 1927, un periodista escribía con el título: “Más sobre el Colegio Irlandés”, título que permite suponer que antes ya había enfocado el tema.
Decía: “Cuando la simpatía y meritoria Sociedad de San Juan de Dios, se afanó en arbitrar fondos pro-Veteranos (excombatientes de la Guerra del Chaco), haciendo dar una función biográfica (una pe!ícula en beneficio de éstos, acudimos al teatro seguros de que el local no abastecería para la concurrencia que era de esperar. ¡ Qué chasco ! A lo más habría 50 personas”.

El mencionado periodista se indigna -con toda razón- de la insensibilidad social y se pregunta: ¿Dónde estaban las autoridades? ¿Dónde los políticos? ¿Los díscurseadores profesionales? ¿La juventud? ¿Dónde el pueblo malagradecido?”.

Y para terminar de enfurecerlo, las Esclavas tienen un resonado éxito con el acto Musical. Lleno de fina ironía, señala: “Más, a poco, la “alta” preparó un Acto Musical pro Colegio Irlandés. Las entradas se remataron a precios elevados y nuestro coliseo fue insuficiente para tanta gente que acudió hacer fiesta de sociedad y depositar un óbolo en beneficio de las pobrecitas irlandesas y de sus desvalidas e infortunadas pupilas”.

De ese modo, apoyadas por unos y resistidas por otros, las religiosas concluyeron su establecimiento y, al año, se mudaron a la Plaza Granado.
Expresamente construido para actividades escolares, el nuevo local tenia, a decir de la prensa, “aulas amplias, iluminadas, con ventanas grandes y todo el confort requerido para un moderno colegio”.

Las ex-alumnas comentan: “Mientras más se esforzaban por dar comodidad al colegio, ellas viven muy modestamente, practicando su voto de pobreza. Ahí, en el nuevo local, llegan a albergar más de 300 alumnas y al poco tiempo, se constata que resulta pequeño para atender a más solicitudes. Adquieren, en calidad de compra, las dos casas contiguas y fundan una escuela para niñas económicamente desfavorecidas, que lleva el nombre “Escuela María Inmaculada’.

En 1828, sucede una desgracia. Muere una religiosa, Mercedes Muñoz Martínez de Velasco. En tan poco tiempo, las Hermanas habían sabido ganarse un lugar de prestigio y, a consecuencia de la muerte de la Hna.,el Rector (que entonces era la magna autoridad de los colegios) decreta suspensión de clases para ir al entierro. Seguramente, hoy sería imposible compartir el dolor de ese modo, pero la anécdota sirve para mostrar la estima de la que gozaban las religiosas en el ambiente todavía pequeño de Cochabamba.

Al cabo de tres años, en 1930, egresa la primera promoción de bachilleres, A la usanza de la época, el suceso es cubierto por la prensa, con la publicación de las respectivas fotografías. Es llamativo también que los periódicos informen con todo detalle de la exposición de labores del colegio y consigna los nombres de las alumnas sobresalientes en las diferentes habilidades manuales.